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El este de Guantánamo es, ahora mismo, como un jueves de esa primera semana en que Dios se embulló a hacerlo todo. La vida está a la mitad, a medio alzarse desde lo confuso de un panorama donde los pisos de cemento desnudo, sin paredes ni techos que sostener, se intercalan como casillas de un ajedrez muy complejo de jugar con el brillo cuadrangular de las tejas nuevas de quienes han alcanzado a reponerse un poco por la bendición de las donaciones.


Cinco meses han transcurrido ya desde que el huracán Mathew —un categoría cuatro en la escala Saffir-Simpson— pernoctó durante doce horas elásticas sobre los pueblitos de Imías, San Antonio, Maisí y Baracoa, con su paso ensañadamente lento. Desde el suelo aún, las palmas reales barridas a fuerza de 200 kilómetros por hora recuerdan el horror de aquella madrugada entre el cuatro y cinco de octubre.


El paisaje rural del Oriente de Cuba es de una escasez sobrecogedora, pero estremece inigualablemente cuando un amasijo de viento y agua se posa sobre lo poco que la gente tiene y hace círculos allí como los de un dedo gigante sobre un hormiguero.


En Guantánamo, el saldo de Mathew fue desolador: más de un 70 por ciento del fondo habitacional de los cuatro municipios afectados sufrió daños (se reportaron cerca de 8000 derrumbes totales, más de 6500 parciales y unas 15 500 y tantas casas que perdieron todo el techo). El 90% de los postes eléctricos de la zona fueron derribados y sus 63 sistemas de acueducto se vieron totalmente inhabilitados. Más de 60 subcuencas (ríos y sus afluentes) crecieron y se desbordaron sobre los pueblitos. Las principales vías de acceso quedaron obstruidas ya sea por el mar —que con sus olas elevadas desde cuatro y hasta ocho metros, mordió las carreteras y escupió los fragmentos de asfalto a un lado del camino—; o por los ríos —que con su fuerza arrolladora deshicieron todos los puentes a su paso. Alrededor de 70 500 hectáreas de cultivo quedaron arrasadas, principalmente de coco, cacao y café, que son los rubros de sostén económico de la población mayoritariamente campesina y que tardan entre tres y diez años para regenerarse, según el tipo de planta.


La única cifra positiva es la de cero muertos, ese millón y tanto de personas evacuadas que al despuntar la oscura mañana del día cinco pudo retornar, salva, a recomenzar la vida; pero… ¿a dónde? ¿con qué? y ¿cómo?


Cinco meses han transcurrido ya, pero ni el Estado cubano, ni las ONGs, ni la activa comunidad cristiana, ni todas las buenas voluntades del mundo unidas son Dios como para refundar ciudades, miles de casas y plantaciones y escuelas y hospitales, en una semana o en veinte. La proeza va a llevarnos mucho más tiempo; por eso, de los guantanameros hay que acordarse todavía, y sobre todo ahora que la urgencia de la noticia se ha apagado, que los titulares pasan de ella muy en paz como el rico que ya ha echado su moneda en la palma del menesteroso a la salida del súper. Nunca es más honda la necesidad que cuando nadie la mira. Y allá lo saben bien, porque te dice: “ahora que se van acabando las ayudas es que esto se está poniendo malo de verdad”.


La fe, ese báculo, esa mano tendida


Rodolfo Figuera Pérez vive en la misma Punta de Maisí, donde se acaba Cuba. “Este ya era antes el municipio más pobre de todo el país”, me jura, y luego mira a su alrededor con pesar para agregar: “imagínate ahora”. Él y su familia pasaron el Mathew en las cuevas cercanas, las Cuevas de Gina, como las llaman en el pueblo por la viejita aquella medio alocada que vivió sus últimos años allí. “Éramos ochenta y pico esa noche, todos sentados, personas mayores, los niños que se pusieron a dibujar en las paredes. Un vejigo pintó a la virgencita de la Caridad del Cobre, eso aún está por ahí. Los creyentes nos pusimos a rezar, a pedirle a Dios que nos guardara la vida y lo que pudiera de nuestras casitas. Entonces alguien se burló: qué tanto Dios el de ustedes, este huracán es la ira de ese Dios. Pero nosotros sabíamos que no. Que Su presencia estaba cubriéndonos, protegiéndonos; y fíjate si fue así que en Cuba no murió nadie, ni una sola víctima. Los científicos y la gente de la defensa civil, los que saben, dicen que es como un milagro, porque el fenómeno estuvo duro”.


Mientras escucho a Rodolfo recuerdo lo que Dios dice de sí en la biblia, “yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin”. Y pienso que así ha sucedido entre la gente del Mathew: la fe, esa sensación de Dios entre nosotros, esa esperanza o certeza de su amor, ha estado allí, orbitando sobre ellos, y manifestándose en gestos infinitos, desde los primeros momentos y hasta los últimos.


Desde la génesis del siniestro, cuando los partes meteorológicos alinearon sus conos de probabilidad sobre la tierra del Guaso, ya la iglesia católica comenzó a obrar desde la precaución y el sentido de lo práctico. Se sabía que unos kilómetros más acá o más allá, el huracán tocaría a Guantánamo, así que los miembros del equipo diocesano de Cáritas de esa provincia se movilizaron, contactaron con Cáritas Cuba en La Habana y comenzaron a trazar un plan de acción. El primer paso fue lanzarse a las tiendas de la ciudad de Guantánamo, a comprar agua embotellada, latas de sardinas y carne prensada, paquetes de salchicha, galletas de sal, leche condensada y evaporada (en polvo no, porque luego hay que diluirla y en situaciones así el agua escasea mucho), detergente para que la gente pudiera higienizar la ropa que sobreviviera al paso de las aguas y el viento, gasolina para las plantas eléctricas de las iglesias, velas y fósforos, etc.


“Como equipo de emergencia, teníamos una experiencia previa de cuando pasó el Sandy —explica Denisse Delgado, encargada de la contabilidad en Cáritas Guantánamo— sabíamos que era una carrera de tiempo, en la que además de la buena voluntad, hay que tener estrategias de acción efectivas. Al llegar la noche del paso del huracán, ya todos esos insumos estaban almacenados, listos para enviarlos a las comunidades que se reportaran como más afectadas al amanecer”.


La comunidad cristiana jugó un papel decisivo también durante el paso del fenómeno meteorológico, en el apoyo espiritual y tangible a las personas más desvalidas, cuyos hogares se preveía que no resistirían el azote de las rachas de viento.


“Fue algo sin precedentes—rememora el padre Luis Manenti, de la parroquia de San Antonio—, ver a cientos de familias devotas que acogieron en sus hogares a vecinos, amigos, o hermanos de fe, casas donde se metieron más de setenta personas por no dejar a nadie desamparado. O recibir los mensajes de aliento de los miles que, en todo el territorio nacional y fuera de él, pasaron esa noche en vela, orando por los guantanameros. Lo que más me conmovió fue la convocatoria del Estado, que por primera vez en la vida pidió a la iglesia disponibilidad para asumir evacuados en sus edificaciones. Eso te daba la idea de cuán compleja estaba siendo la situación. Aquí en la parroquia de San Antonio tuvimos a 60 personas durante casi cinco días y en Baracoa el padre Mateo tuvo unos 30 en la casa parroquial, que en medio del vendaval perdió hasta el techo, y otros 50 en la iglesia. Yo creo que sí, la fe fue en medio del Mathew un refugio, y no solo espiritual, incluso en el plano físico”.


Vecinos, vengan, hay comida caliente y agua…


Al clarear las primeras luces del 5 de octubre, la gente comenzó a abandonar los refugios para buscar si quedaban su casa, sus cosas, algo. Hubo familias que emergieron de una cisterna vacía, aquellos de las cuevas, los que sobrevivieron bajo la techumbre triangular de yaguas de ese invento que los campesinos llaman “varaentierra” , e incluso algunos, como los doce que la jocosidad popular bautizó luego como Los Juantorena, que allá por Limones y Vega del Jobo fueron corriendo de una casa a otra igual que los cerditos del cuento infantil, hasta que no quedó ninguna en pie y se amarraron juntos en el suelo para terminar de pasar la ventolera sin que se los llevara el aire arremolinado.


¿En qué estado se vuelve a abrir los ojos a las cosas luego de una noche así? ¿Cómo se mira lo que queda para mirar, las ruinas de tu hogar sin techo con el televisorcito empapado, el colchón camino a podrirse bajo la llovizna que no cesa, el zapato flotando solo, sin su par, en la zanja del patio? ¿Qué palabra de esperanza se le enuncia a un hijo cuando el hambre y la sed de doce horas de horror arrecian y no hay agua que haya salvado su potabilidad de la turbulencia ni un carbón seco siquiera con que calentar alimento para el estómago?


¿Cómo se cree en Dios en ese instante terrible de desamparo, de perderlo todo?


“Es un momento difícil para la fe”—confiesa el padre Alberto Reyes, allá en su parroquia de Sabana de Maisí—“yo me recuerdo parado al frente de la iglesia y, de repente, esa sensación de cuando te pierdes, como si no fuera ya el pueblo, como si me hubiese despertado en otra parte. La gente no reconocía ni sus casas, hasta la geografía había cambiado. Entonces haces lo que te toca hacer, sales a dar consuelo, a recoger lágrimas, y te tragas las tuyas para cuando se pueda. ¿Sabes qué es lo único que te sostiene?: la prueba de la fe de los otros. Yo nunca olvidaré a mi obispo, monseñor Willy (Wilfredo Pino), cuando aún no había ni parado de llover, que nos lo encontramos en Boca de Jauco, lleno de fango hasta la cintura, viendo cómo pasar. El pueblo estaba incomunicado, aún no llegaba la Defensa Civil y allí estaba él, que era el jefe, que pudo haber mandado a alguien alante, fajado con el río… esas cosas te hacen creer, luchar, ser un mejor pastor”.


Las muestras de compasión, la ayuda incondicional, la mano firme en el momento más duro fue la respuesta instantánea de la iglesia cubana toda ante las imágenes del horror de esas primeras horas tras el paso de Mathew. Maribel Sánchez Abillud, directora de Cáritas Guantánamo, resalta la generosidad de todas las diócesis del país, que en cuestión de horas, días, hicieron llegar cuantiosas y valiosas donaciones: “el arzobispado de Santiago de Cuba mandó sacos de arroz y frijoles; el de Camagüey, conjunto con Ciego de Ávila, nos envió un cargamento de agua en pomos de cinco litros, que fue vital porque acá en Guantánamo solo encontrábamos aguas en pomos pequeños; Holguín hizo llegar leche en polvo y chocolate; Bayamo muchísima galleta de sal, puré de tomate y cuadritos de caldo concentrado en polvo... Lo primero siempre fue el alimento, que nos llegó, principalmente y como era de esperar, de las diócesis geográficamente más cercanas”.


Sin haber sido decretada aún la fase de recuperación, el equipo de Cáritas Guantánamo se lanzó con su primer cargamento hacia el poblado más cercano a la capital provincial: San Antonio del Sur. Maikol y Adriel, dos jóvenes que han sido en medio de la emergencia choferes, estibadores, operadores de sierra eléctrica… recuerdan ese primer momento con emoción: “en cuanto las fuerzas del gobierno quitaron un poco las piedras atravesadas en la carretera del Bate-Bate, cruzamos para allá y comenzamos a asistir a la gente. Esa noche, que fue la siguiente al paso del huracán, el río se desbordó y cerró el camino de regreso; entonces nos quedamos a dormir en casa de un campesino. Compartimos la cena: arroz con salchicha y galleta con conserva de guayaba”.
Rápidamente, la diócesis guantanamera generó iniciativas para sumar a sus fieles a la labor de asistencia: se le pidió a las personas que cocinaran en sus casas arroz amarillo con salchichas y en las parroquias se juntaba el contenido de los calderos humeantes en grandes depósitos térmicos para ser llevados de inmediato a San Antonio, Imías, Maisí y Baracoa. También se implementó la recogida de pomos de agua previamente hervida por los feligreses en sus hogares y, con todo ese cargamento, se organizaron grupos en distintos transportes, para ir a repartirlos, entre los que todo el mundo recuerda con especial gratitud a los veintitantos jovencitos de la Pastoral Juvenil guantanamera, comandados por el padre Jean.


“Esa fue, para muchos, la primera comida caliente luego del Mathew”—nos jura Chevita (menos conocida por Eusebia Sánchez Abillud), quien es misionera en la Parroquia Santa rosa de Lima, en Imías—“recuerdo que nos parábamos en la esquina más céntrica del pueblo y empezábamos a gritar: vengan vecinos, hay comida caliente y agua para tomar. Y la gente iba apareciendo con sus cazuelitas, a veces medio avergonzada. Hubo más de uno que me dijo yo no puedo coger, es que yo no voy a la iglesia; pero a todos les explicamos que el amor de Dios no es para unos sí y para otros no, que el amor de nuestro Padre alcanza a todos, y que si a alguien privilegia, es al que está necesitado”.


Más de 23 000 raciones de alimento se compartieron en esos primeros días en 126 comunidades rurales. A la par de las “brigadas repartidoras” de la ciudad de Guantánamo, en las comunidades afectadas se improvisaron también cocinas emergentes, lo mismo en instalaciones de la iglesia que en los patios de los hogares de algunos hermanos. Con carbón y leña se cocían en grandes calderos arroz con salchicha o pollo, frijoles, y mucho atol, que es como llaman en el oriente de Cuba a la harina de maíz tostada, casi siempre preparada con leche y azúcar.


Papi (José Orlando Matos Díaz) recuerda cómo humeaba el atol en las ollas del patio de su casa, allá en Puriales (San Antonio) y cómo los linieros de la empresa eléctrica nacional se pasaban todas las mañanitas a probar “la cosa rica esa” que era algo caliente que echarle al estómago para empezar su largo día de trabajar hasta el oscurecer para devolverle la energía a las casas que quedaban en pie.


“La comida y el agua fue lo primero—me repite Maribel con los ojos nublados por los recuerdos tristes—eso y el estar allí para la gente, el cruzarles el brazo por encima de su llanto y estrecharlos fuerte. Ni el Estado ni nosotros podíamos llegar a todos, porque era demasiada la necesidad, la devastación, pero la fe nos ayudó a multiplicar otra vez los panes y los peces, como nos enseñó Cristo”.


Pasados el susto y el pavor


Luego de la primera semana, que fue de contingencia e invención, el equipo local de Cáritas comenzó a recibir donaciones más reposadas: toneladas de ropa y zapatos, de útiles de cocina, enseres hogareños, juguetes y libros para los niños... recogidos gracias a la caridad de miles de fieles en cada una de las parroquias de Cuba.


“Esa segunda oleada fue igualmente impresionante, de La Habana, solamente, llegaron dos rastras cargadas y de Matanzas nos llegó vestuario de una calidad inmejorable”—comenta la directora de Cáritas Guantánamo—“Hasta febrero de 2017, cerca de 30 000 personas se han beneficiado con las prendas de vestir y calzado que recibimos, y aún estamos repartiendo. También recibimos donaciones en efectivo: unos 5 362 dólares americanos, 2 300 euros, 37 421 pesos cubanos y 9554 CUC; tanto de las diócesis cubanas y como de fuera de Cuba, de hermanos de la diáspora sobre todo, que enviaban su socorro a la gran familia de la fe… Además, Cáritas Cuba gestionó recursos a través de la cooperación fraterna que se nos fue asignando por etapas. Con la suma generosa de todos esos pocos juntos, compramos sábanas, toallas, mucho más detergente, jabón, aceite para cocinar…, productos con los cuales confeccionamos jabitas, módulos que repartimos en más de 11 000 hogares. También adquirimos zapatos y medias nuevos, frazadas para cubrirse, en fin, todo lo que se pudo para entregar a los damnificados”.


La comida siguió en esta etapa dentro de las prioridades, solo que comenzó a repartirse cruda, pues ya las familias iban reacomodándose y encontrando las maneras de cocinarla.


Igualmente, se elaboró un plan para socorrer a centenares de productores de la zona. Unas 272 familias recibieron semillas de cultivos de ciclo corto (como acelga, tomate, quimbombó, calabaza, pepino y frijol); otras 259 tuvieron a su disposición equipos de motosierras con las cuales ayudarles a desbrozar el desastre dejado por Mathew en sus fincas y en menor cuantía algunos recibieron cerdos, aves de corral y carneros para usarlos como pie de cría.
En los primeros meses de este 2017, han ido llegando cargamentos de 3 200 tejas de zinc y 2 000 colchones de esponja, provenientes de Cáritas Alemania y Catholic Relief Service (CRS), que están siendo ahora mismo entregados progresivamente, en coordinación con las acciones estatales, de manera que no se repita el beneficio de la iglesia en un hogar donde ya el Estado haya dado su ayuda, o viceversa.


El padre José, de la parroquia de Baracoa, puntualiza que “con todo hemos sido extremadamente cuidadosos, sabemos que en medio de la desesperación nos toca, como siervos de Dios, fiscalizar con celo lo que la gente de bien ha depositado con confianza en nuestras manos. Aquí en Baracoa, desde la primera semana en que pasó el huracán comenzamos a atender a las personas y a entregarles las donaciones, pero siempre con cautela. Siempre va a estar el necesitado y el que aprovecha, pero nosotros decidimos empezar a hacer censos directamente en los hogares, para constatar la necesidad con nuestras manos y repartir justamente. Ahora el sistema es que los necesitados vienen, se apuntan con nombre y dirección, y nosotros vamos a visitarles. Esa es una ganancia generada por Mathew al trabajo de la iglesia: que nos ha obligado a meternos en lugares donde ni sabíamos que vivía gente, y nos ha hecho palpar la pobreza y necesidades de nuestras comunidades, esas que anteceden incluso a este huracán”.


Así está la iglesia católica cubana allá en Guantánamo, lanzada aún al camino, tocando las puertas una a una, contando las pérdidas y repartiendo el consuelo. A la guagüita blanca de Cáritas se la ve remontar camino día tras día, cargada de colchones, de sábanas y toallas, de ropa, alimentos… Los policías de los puntos de control, a la salida de la ciudad, saludan cariñosamente a Maikol o a Adriel con las señas que se dan los que se conocen de verse todos los días.
¿Cuándo se acabará esto, la emergencia, el trabajo de ustedes?, les pregunto, y el equipo me responde a coro un uffff que suena largo. Hay tanto por hacer todavía, que la pregunta sobra. Hay tanto por hacer… pero el amor es más fuerte.

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